Salamanca, Gto. — El dolor de una madre no entiende de tiempos burocráticos, de oficinas gubernamentales ni de distancias. Para Rosario García, una madre buscadora de Salamanca, los días se cuentan desde una sola fecha imborrable: el 15 de marzo de 2022, el día en que su hijo, Michelle Arath García Aguilar, salió de su casa en la colonia Arboledas de Ciudad Bajío tras recibir una llamada que cambió su vida para siempre.
Aquella noche, la rutina familiar se quebró en cuestión de segundos. Michelle tomó una mochila, preparó un par de tenis, unos pantalones, algunas playeras y un suéter. Había cenado minutos antes, pero tras contestar el teléfono decidió salir. “Recuerdo que cenó, después de una hora recibió esa llamada y se fue; le grité por la ventana, pero ni siquiera volteó”, relata Rosario con la desgarradora memoria de ese último instante, sin imaginar que esa ligera maleta lo llevaría hacia el abismo de la desaparición.
La dolorosa revelación en el Rancho Izaguirre
Meses de búsqueda incansable, de tocar puertas y de enfrentar el silencio institucional condujeron a un trágico hallazgo. Tras el procesamiento de indicios en el Rancho Izaguirre —ubicado en Teuchitlán, Jalisco—, la esperanza de encontrarlo con vida chocó con la cruda realidad forense, pero también con la certeza del reconocimiento.
Con el corazón en la mano, Rosario acudió a realizar el cotejo y las diligencias necesarias. Entre miles de objetos recuperados, sus ojos no dudaron: reconoció plenamente ocho prendas y la mochila que pertenecían a su hijo, aquellas mismas que él llevaba consigo. “Ya no nos queda duda, de hecho… ya se realizó todo el cotejo”, afirma con la firmeza de quien conoce cada detalle de su ser querido.
La burocracia del dolor y la desesperanza institucional
A pesar de haber identificado con precisión las pertenencias de Michelle Arath ante la Comisión Estatal de Desaparecidos, el proceso se ha convertido para Rosario en un calvario de trabas e indolencia. Han pasado dos meses desde que las autoridades acudieron a Salamanca a mostrarle los indicios, pero hasta el día de hoy la burocracia le ha negado ver físicamente y de manera formal cada una de las prendas reconocidas. Tampoco existen líneas claras de investigación sobre cómo su hijo llegó hasta aquel lejano rancho en Jalisco.
Frente a la lentitud de las instituciones locales, Rosario ha tocado puertas en la Ciudad de México y ante instancias de derechos humanos, exigiendo que se agilicen los trámites para poder acceder a los indicios y avanzar en un proceso que se alarga dolorosamente.
Una esperanza que no se apaga
A cuatro años y medio de ausencia, el cansancio físico y emocional es evidente, pero el amor de madre es inquebrantable. Entre la dureza de un sistema que revictimiza y la memoria intacta de su hijo, la postura de Rosario García sigue siendo la misma: “Obviamente la esperanza es encontrarlo… Sabemos que ya fueron cuatro años y medio y es muy difícil, pero sigo hasta encontrarlo, hasta encontrarlo”.

